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Carlos Jaime Zuluaga San Millán, natural de Durango (Vizcaya), oriundo de Leiva (La Rioja) y residente en la cuenca de Pamplona (Navarra).
Cada cierto tiempo intentaré estar con vosotros y daros una visión distinta del deporte y de la cultura. Con estas cuestiones aparentemente dispares quiero recoger el espíritu con el que fue creado el equipo de fútbol de mi pueblo: La Sociedad Cultural y Deportiva de Durango.
Esta semana os escribo sobre el genial Mirza Delibasic, las celebraciones de los goles, Boca Juniors, el Camino de Santiago en Leiva y un extenso artículo sobre el escritor norteamericano William Faulkner.




Sport Delikatesse es un e-magazine de carácter semanal que trata de dar otra visión del deporte.
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Delibasic, el jugador tranquilo
Mirza Delibasic, durante el final de la década de los setenta y comienzos de los ochenta, fue para los que disfrutamos entonces del baloncesto, bien jugando, bien entrenando o como meros espectadores, uno de los jugadores más elegantes, más efectivo (las metía todas), menos estridente y mejor pasador que hayamos visto nunca.

Para los que nunca han oído hablar de Delibasic diremos que quedó campeón de la Copa de Europa -ahora ULEB - con el Bosna de Sarajevo, campeón del mundo, olímpico y de Europa con una Yugoslavia de ensueño. Como el Madrid no podía con el Bosna acabó fichando a su estrella, más tarde haría lo mismo con Petrovic y la Cibona de Zagreb. Mirza jugaba de alero, llegaba a los 40 puntos con facilidad -la canasta triple no existía- y metía pases al poste bajo que no se han vuelto a ver en las canchas. Era el hombre tranquilo del basket balcánico.
Por otro lado la sangre plavi ya se calentaba suficientemente con los geniales Kikanovic, Zoran Slavnic o más tarde con el irritante Drazen.

Por aquella época sólo veíamos un partido a la semana por televisión, siendo una fiesta cada uno de ellos. Los jugadores se colaban en el salón de casa como si fueran de la familia. Eran los duelos inteligentes entre Corbalán y Pier Luigi Marzorati (bases); las posiciones ganadas épicamente debajo del tablero por Rullán o el eterno Meneghin (pivots); eran los misiles israelíes de Miki Berkovitch, la infalibilidad de Walter Serzbiak, el momento clave de Epi o la finta en el poste bajo de Chicho Sibilio; eran los tiempos muertos de las incipientes canas de Lolo y las veteranas del zorro de Gomelsky. O fue aquel salto a la grada en la Ciudad Deportiva del macabeo Olsie Perry en busca del forofo que le había lanzado una moneda, la dejó vacía en un santiamén. Héctor Quiroga -desparecido y añorado comentarista- no salía de su asombro.

La NBA y los Dream Teams no existían para nosotros. Nos conformábamos con alguna visita de la Universidad de North Carolina de Dean Smith al tradicional Torneo de Navidad, o con algún vetusto celuloide con los ganchos -después serían skye hook- de Lew Alcindor -después sería Kareen Abdul Jabbar- en la UCLA de Wooden. Rancias imágenes que nos conseguía el jesuita Juanjo Moreno mientras nos daba de mamar en el Tabirako de Durango la filosofía defensiva del marine de West Point, Bobby Knight.

Vi a Mirza Delibasic en el Eurobasket 89 de Zagreb -ya retirado debido a una grave enfermedad- en el bar del Hotel Panorama. Jugábamos una partida de mus y él se quedó clavado mirando nuestro juego farolero. Más tarde me comentaron que durante su estancia en Madrid se había convertido en un excelente muslari. Estaba en la capital croata de comentarista para la Televisión yugoslava. Todavía recuerdo ese campeonato conseguido por Danilovic, Divac, los Petrovic, etc. frente a la Grecia clásica de Yacnakis y el pop art de Gallis, y recuerdo a más de catorce mil croatas gritando enfervorizados ¡¡¡Yu-gos-la-via!!! ¡¡¡Yu-gos-la-via!!!. Unos meses después llegaría el desastre, el dolor, la guerra entre ex-hermanos y el sufrimiento.

Entonces nos enteramos que Kukoc era croata, que el grandioso Chosic era serbio, y que Mirza Delibasic era bosnio musulmán. Y ahora sabemos del infierno que padeció en Sarajevo nuestro mítico jugador, que ha visto morir amigos y familiares bajo las bombas y los francotiradores, él que lo era de la canasta rival.

Este reencuentro de hoy con Delibasic nos sirve para acercarnos levemente a unos años donde el baloncesto era mágico y adolescente. Unos años en los que conocíamos y soñábamos con jugadores de amplia huella. Luego llegaría la NBA, la ACB, la EBA, la LEB, la ULEB, los tremendos partidos diarios del Unicaja contra unos belgas... y el hastío. No me pregunten como se llama el base del Joventut, pero sí por aquel pase de Mirza Delibasic a Brabender cortando por el fondo mientras miraba impasible a la grada.




El baile de Sa Pinto

El fútbol espectáculo ya está completo. A los tiros zurdos de Roberto Carlos, al regate-chotis (lo hace en un ladrillo) de Rivaldo, al avituallamiento de balones de Mauro Silva, a los testarazos de Urzaiz, al Tour de Denilsson, a lo que el ojo no ve, a los piscinazos de los pipiolos...a todo eso hay que unir ahora las celebraciones horteras de nuestra Liga de las Leonidas (por lo fugaces de algunas figuras).

Hoy en día cada jugador salta a la cancha pensando en la chorrada que va a hacer cuando meta un gol. Pase aquel puño al alto de Bakero, o los brazos extendidos de Ronaldo, o dedicar algún gol a un compañero o entrenador, pero de ahí al baile de Sa Pinto (ahora en le Sporting de Portugal), al sombrero cordobés de Finidi, a las pistolas de varios jugadores, al rifle de Kiko, al chupete que sacaba Larrazabal, al agarrarse la pierna de Benjamín (esto si que es de flipar), al limpiar las botas de tu compañero en plan humillante, las sambas cariocas, el apartar a tus propios compañeros para que no te abracen y así realizar el show con espacio, el tirarse con el pecho deslizando por el césped, mear en el palo del córner como un perro, etc. va un trecho.

Todo eso cuando hace años Claudio, aquel jugador del Elche, Deportivo... se agarraba la cabeza tomando el estadio por montera, o cuando Hugo Sánchez daba la voltereta, pues bueno, era gracioso al principio, o cuando debajo de la camiseta oficial, en la de tirantes de toda la vida, estaba el nombre de un ser querido, pues era pasable.

Jornada tras jornada todos esos jugadores originales a la hora de festejar los goles dan grima. Son los Nuria Bermudez, Leonardo Dantes, Talía... de nuestro fútbol. Mejor harían en gastar las neuronas en pensar como deshacerse de los marcajes contrarios y como aportar lo mejor a tu equipo, y no en organizar una coreografía completa por meter un gol. Volvamos a la alegría espontánea y sin premeditación. Y si hay que tirarse al suelo porque has metido un gol que da la victoria en los momentos finales a tu equipo, pues se tira uno, pero no me bailes todos los pasos de la Escola do Samba de Río de Janeiro por meter el 3-0. Qué alguien les diga que hacen el ridículo, por favor.

Boca Juniors, un clásico arrabalero

Boca Juniors ganó el pasado domingo en la Bombonera a Talleres de Córdoba por 2 - 0. Con este resultado el conjunto bostero se encamina hacia el título del Campeonato Clausura del fútbol argentino. Si sale campeón hará delirar a sus miles de seguidores repartidos por toda Argentina, desde la selva en Jujuy hasta Ushuaia en Tierra de Fuego. El equipo de Bianchi intenta este año recuperar el título que en el Apertura le arrebataron los "millonarios" de River. Su gran figura es el delantero Martín Palermo que ha asegurado que esté será su último clásico ya que espera recalar en el mercado de invierno en el fútbol italiano o español. Boca Juniors tras 33 horas de viaje ya está en Tokio preparando el partido que le enfrentará al Real Madrid en la próxima Copa Intercontinental.
Fundado en la Ribera del Río de la Plata
Boca Juniors tiene 16 títulos nacionales, dos Copas de Libertadores y una Copa Intercontinental. El club Atlético Boca Juniors se fundó el lunes 3 de abril de 1905. Esteban Baglietto, Alfredo Scarpatti y Santiago Pedro Sana fueron los mentores de la creación del club xeneize. En aquel mes de abril de 1905, cinco jóvenes del barrio de La Boca pensaron que era el momento de fundar un club de fútbol y, contra muchos obstáculos, lo lograron. El embrión boquense se encontraba en el Colegio Comercial, donde el irlandés Paddy Mac Carthy, ex boxeador y ex futbolista, enseñaba los fundamentos del fútbol a sus alumnos. Allí aprendieron este deporte y lo practicaron tres de esos cinco muchachos que tras muchas versiones se destacan como los auténticos fundadores de Boca Juniors. Los tres vivían en La Boca, en cuyas calles se mezclaban jugando "picados" con otros chavales chutando el balón "de goma" o "de trapo".

Nacía un mito y una realidad que tuvo su origen en un banco de la Plaza Solís, del barrio genovés, cuatro años después que River. Sus modestos fundadores anduvieron de eral en eral, hasta lograr una canchita detrás de las carboneras Wilson, en la isla Demarchi. Desalojados de allí fueron a refugiarse a Wilde. Por último, luego de deambular de nuevo por la Boca fueron a parar, en 1923, a Brandsen y Del Crucero, el anticipo de la "bombonera". Su camiseta azul y oro la visten jugadores cuyos nombres pasan a ser historia: Tesorieri, Calomino, Canaveri y Garassino, quien jugó en los once puestos. Uno de ellos es Pedro Calomino, a quien los hinchas boquenses le gritan en dialecto xeneize: "¡dáguele Calumín, dáguele!". Pero Calomino no se deja influenciar: “se planta en la cancha, indiferente a las tribunas ansiosas de sus fantasías. Y cuando le pasan la redonda arranca por la punta, parece que frenara pero sigue dejando rivales que corren engañados para otro lado, cuando se caen. Y si un defensor se le pega, le hace la bicicleta.”. Ochenta años antes que Denilsson.
El otro ídolo es el portero Américo Tesorieri: "Mérico", para la hinchada. Lo quieren ver saltar. Un cronista local lo define “fino, flexible, plástico, es un elegante felino que complementa las curvas de la pelota con movimientos de ballet. Es un clásico, un arquero con música de Mozart.”.

Anarquistas y socialistas
En cada barrio de Buenos Aires nacían uno o dos clubes en la primera década de este siglo. Se los llamaba Club Social y Deportivo, que en idioma porteño significaba "milonga y fútbol". Los señores jugaban al fútbol con los marinos ingleses en el puerto próximo. Fundar un club de fútbol con una razón social a manera de una institución deportiva era, a principios de siglo, algo que estaba de moda en el Buenos Aires colonial. En la capital argentina el fútbol era un furor. "El juego de los ingleses locos" se instaló definitivamente en el corazón de la juventud criolla.

Los anarquistas y socialistas de la época estaban alarmados. En vez de ir a las asambleas o a las charlas ideológicas, los trabajadores acudían a ver el fútbol los domingos a la tarde y a bailar tangos los sábados por la noche. El diario anarquista La Protesta escribía en 1917 contra la "perniciosa idiotización a través del pateo reiterado de un objeto redondo". Comparaban, por sus efectos, al fútbol con la religión, sintetizando su crítica en el lema: "misa y pelota: la peor droga para los pueblos".

Pero pronto debieron actualizarse y ya en la fundación de clubes de barriadas populares aparecieron socialistas y anarquistas. Por ejemplo, el Club "Mártires de Chicago", en el barrio de La Paternal, llamado así en homenaje a los obreros ahorcados en Estados Unidos por luchar en pos de la jornada de ocho horas de trabajo. Fue el núcleo que años después pasó a ser el club Argentino Juniors, un nombre menos comprometedor. También en el club "El Porvenir", como dice el nombre, estuvo en la mano de los utópicos.
El fútbol siguió creciendo. Las gradas de las tribunas se iban agrandando para dar cabida a más espectadores.

El año que el mundo conoció a Boca
En 1919 consigue Boca el primer puesto en el fútbol amateur y su hinchada de oro ya empieza a conocerse como el jugador número 12.

En 1925 Boca se proclama campeón. Ese año juega en Europa una gira inolvidable para sus seguidores. Los europeos querían ver el fútbol rioplatense que habían puesto de moda los uruguayos. Y Boca no defraudó: 19 partidos jugados, 15 ganados y sólo tres perdidos. El 4 de febrero de 1925, Boca Juniors se embarcó hacia Europa, a bordo del buque "Formosa", navegando durante veintidós días para llegar al destino inicial: Vigo. Esta gira se convirtió en la primera gran experiencia futbolística que un club argentino protagonizara en el exterior. Como representante de lo que luego sería "La Número 12", viajó un hincha, Victoriano "Toto" Caffarena, pagándose de su bolsillo todos sus gastos y asumiendo - a falta de personal especializado - la tarea de masajista y utillero. Durante más de cinco meses, Boca Juniors paseó su juego por Europa, quedando para la historia las victorias obtenidas ante el Real Madrid (1-0, gol de Pozzo) y el Atlético Madrid (2-1, goles de Ceretti y Antraygues), logrando el interés de Alfonso XII, Rey de España, quien fue a ver el triunfo de Boca ante el Real Madrid. En Frankfurt, Alemania, se aprovechó su visita para inaugurar un estadio.

Después de 30 días de viaje por alta mar, el 12 de julio de 1925, el "Marsella", atracó en
el Puerto de Buenos Aires, siendo recibido por una multitud. Pocos días después, Boca Juniors fue proclamado Campeón de Honor por la Asociación Argentina, debido a su exitosa gira, sumándose una estrella más a su constelación de campeonatos. Este año, 1925, quedó grabado para siempre en el sentimiento del hincha boquense, como el año en que el mundo conoció a Boca Juniors.

Elementos de la identidad Boquense
Los éxitos hacen la grandeza de un club de fútbol, pero es fundamental que ésta se encuentre acompañada por el arraigo popular. El Club Atlético Boca Juniors se ha forjado con las victorias, pero su genuino valor en pueblo surge de la representación que ostenta: la de barriada tan típica y singular de la ribera del Rió de La Plata.

El porqué del nombre
La elección del nombre no fue tarea complicada. Era común que cualquier institución tomara el nombre del barrio donde surgía. Santiago Pedro Sana, que en ese momento estudiaba inglés, habría sugerido lo de "junior" (joven), palabra que por aquel entonces era adoptada por una mayoría de clubes recientemente formados. Por otra parte el vocablo inglés daba un realce a la institución del que carecían cualquiera de las demás denominaciones propuestas: "Hijos de Italia", "Defensores de La Boca" y "Estrella de Italia". Así se convino en llamar al equipo Boca Juniors

La lista de jugadores míticos que han defendido la camiseta de Boca no podría comenzar con otro que no fuera Diego Armando “Pelusa” Maradona y le siguen: Batistuta, Hugo Orlando “el loco” Gatti, Mario Boye, Caniggia, Roberto Cherro, Ernesto Lazzati, Diego Latorre, Natalio Pescia, Carlos Sosa, Américo Tesorieri... y una chica que su sueño era jugar para Boca en aquella película inolvidable, La Raulito.
 
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Bocanada cultural
El Camino de Santiago a su paso por Leiva
Son muchos los peregrinos, pese a no ser jubilar, que también este año cruzan La Rioja en dirección a Santiago de Compostela. El Camino Francés nuevamente parece revitalizar turística y culturalmente las ciudades y villas por donde transcurre. Lo cual nos alegra profundamente e instamos a asociaciones, instituciones y administraciones a que sigan promocionando la Ruta Jacobea a su paso por nuestra región. Dentro de este esfuerzo de dar a conocer el Camino, nosotros los de Leiva, también queremos recordar que nuestra villa hace siglos fue paso obligado de los peregrinos hacia el misterioso Finis Terrae, y que la patrona de Leiva es la Virgen Peregrina –junto con la de Sahagún (León), las únicas peregrinas del Camino Francés– a la que se le otorga la realización de uno de los milagros del Camino, recogido por cierto en un bonito romance popular. En definitiva que Leiva también es un trozo de esa Tierra Abierta que es La Rioja.

Leiva de Río Tirón, como decimos, se encuentra en la actualidad fuera de la ruta oficial del Camino de Santiago, pero hasta el siglo XII formó parte importante del denominado Camino Francés. No se conoce con exactitud el trazado primigenio de la ruta jacobea, pero es fácil suponer que seguiría las vías de comunicación existentes entonces: las calzadas romanas. La Vía Augusta, una de estas calzadas, pasaba por Varea, Albelda, Lardero, Entrena, Tricio, Hormilla, Valpierre, Villaporquera, San Torcuato, Villalobar, Herramélluri, Leiva y Tormantos, para seguir luego, en la Riojilla burgalesa, por Segasamunclo (Cerezo de Río Tirón) hasta Belorado y Verovesca (Briviesca) desde donde enfilaba hacía Astorga.

El Camino era la calzada romana
Con Sancho III el Mayor de Navarra, y alejado el peligro musulmán, se fortalece la ruta jacobea por La Rioja. Hacía el año 1010, el camino se traslada más al sur, se trataba de evitar el paso por tierras más insegura e incomoda para los peregrinos y hacerlo pasar por el valle de La Rioja. Para ello se hicieron confluir en Puente la Reina (Navarra) las entradas pirenaicas de Roncesvalles y Jaca, y por Estella, se desvió la ruta hacía Albelda y Nájera, a través de la antigua calzada romana que iba de Varea –por Tricio– hasta Lybia (actual Herramélluri). Posteriormente los reyes najerenses también mantuvieron esta ruta.
Se puede afirmar, por tanto, que la red viaria altomedieval riojana seguía estructurada básicamente sobre la calzada romana "Vía Augusta", que sería la empleada como ruta jacobea, y sobre la que existían varios caminos secundarios.

Esta vía quedó reformada (sobre el año 1044) por Santo Domingo, eremita, natural de Viloria de Rioja, que con la idea de ayudar a los peregrinos construye, entre otras muchas cosas, el famoso puente sobre el Oja. Esta nueva ruta iría desde Nájera a Santo Domingo de la Calzada y Grañón y seguir, ya en la actual Burgos, por Redecilla del Camino y Belorado. A partir de entonces, y sobre todo del impulso de Aymeri Picaud y su best seller viajero, el "Codex Calixtinus", el paso por Leiva y por la antigua calzada romana se difuminaron en la oscuridad medieval. Sin menospreciar otros lugares desde la Asociación Cultural Villa de Leiva queremos recuperar el que los peregrinos que lo deseen vuelvan a pasar por entre nuestros cereales, majuelos, regadios…y contemplen uno de los hitos históricos del Camino de Santiago. De hecho son varios los peregrinos –sobre todo extranjeros– que rodean por Leiva hasta Belorado y evitan el peligroso tráfico de la nacional 120.


Milagro de la Virgen Peregrina
El romance que anteriormente hemos aludido de la Virgen Peregrina –y que esta recogido por los estudiosos como uno de los milagros del Camino de Santiago– cuenta como una mujer con su niño, vestidos de peregrinos, caminaban un atardecer por la calzada romana de Leiva con su castillo al fondo cuando divisaron una posada donde se disponían a descansar y a pasar la noche. Allí se encontraron a la posadera envuelta en gruesas lágrimas porque su hermoso niño acababa de fallecer. La peregrina contempló el cadáver sonriente del pequeño y le preguntó a la posadera si ella quería a la Virgen, la humilde señora le contestó que mucho y que siempre la rezaba. Unos instantes después el niño se había curado, la posadera daba gracias, y la Virgen y su hijo vestidos de peregrinos se alejaban en lontananza.

La ermita donde se venera a la Peregrina es un edificio enclavado al lado de la antigua calzada romana junto a un crucero medieval, aunque algunos autores creen que se trata de un Rollo Jurisdiccional que ya existen a lo largo del Camino de Santiago (por ejemplo en Azofra), en donde se ataba a los malhechores y bandidos para escarmiento público. La imagen de la Virgen Peregrina, lo más destacable de la ermita, es del siglo XVIII, y fue adquirida en Francia. Es una bella talla de unos 50 centímetros de alta, acompañada por el Niño, y vestidos ambos con el atuendo típico de los peregrinos de Santiago de Compostela: el traje, las conchas de vieíra y la calabaza, empleada a modo de cantimplora.

Queda claro por tanto que la villa de Leiva tiene algo que aportar a este nuevo resurgimiento del Camino de Santiago y que es objetivo de la Asociación Culturla Villa de Leiva que así sea. Agradecemos a varias publicaciones que recogen la importancia de acudir a contemplar la talla de la Virgen Peregrina (Mapa del Ministerio de Obras Públicas, Mapa del Camino de la Consejería de Turismo del Gobierno de La Rioja, Guía del Camino de Santiago de la revista Consumer, etc.) y dejamos en pies de los peregrinos el acercarse hasta Leiva para contemplar a su homónima. Nosotros les esperaremos con los brazos abiertos.
Faulkner, el escritor del profundo Sur

El 25 de septiembre de 1897 nacía en un pueblo del estado sureño de Mississipí -New Albany- el escritor norteamericano William Faulkner. Faulkner, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1950 (aunque correspondiente al año anterior), es al novelista, junto con Kafka, con el que la crítica compara habitualmente a muchos escritores noveles “faulknerianos”. Sobre todo si estos provienen de provincias y en sus novelas relucen la pasión, lo rural, el odio, la luz, la violencia... aunque nunca hayan leído al insigne novelista, cuentista, poeta, ensayista y hasta guionista en Hollywood. En un principio la propia crítica norteamericana acogió a Faulkner con frialdad, al contrario que en Europa donde en Francia es considerado un autor local; en España antes de la Guerra Civil se le valoró como un gran escritor, en la Revista de Occidente aparecen diversos artículos en este sentido.

William Faulkner junto con Dos Passos, Steinbeck, Fitzgerald y Hemingway pertenecen a esa gran generación perdida de autores norteamericanos de las dos posguerras mundiales, que influidos entre otros por Mark Twain, Henry James y el naturalista Zola, dotan a sus personajes de un lenguaje que refleja la cotidianidad de las escenas y se apartan de los remilgos expresivos que la sociedad puritana norteamericana imponía a sus escritores. Sin embargo Faulkner presenta en muchas de sus novelas -por ejemplo El ruido y la furia y Mientras agonizo- la influencia de James Joyce y su técnica del “monólogo interior”, donde se descubre al lector esa realidad íntima y subconsciente de los personajes. Aparte del escritor irlandés el otro gran polo de influencia de Faulkner es Dostoyewski, como el escritor ruso crea su propio mundo literario lleno de fuerza dramática.

Nace en el decadente y profundo Sur
El origen biográfico de William Faulkner hay que buscarlo en su bisabuelo de origen escocés “Old Colonel”, que se reencarnaría como el Coronel Sartoris en la novela Sartoris. William Clark Falkner -el novelista añadiría la “u” de Faulkner al firmar sus primeros escritos- participó en la Guerra de Secesión en el bando de los perdedores confederados, incluso sus paisanos le erigieron una estatua de mármol de Carrara en el pueblo de Ripley por su heroicidad en la batalla de Manassas. Fue también autor de La Rosa Blanca de Menphis, un best seller de la época. La derrota en la Guerra Civil se manifestará implícitamente y explícitamente en casi todos los textos de Faulkner, el pesimismo y la decadencia sureña formarán parte de sus personajes a lo largo y ancho de su ficticio y mítico condado de Yoknapatawpha. Durante la guerra el viejo coronel se dedicó al contrabando, amasó algo de dinero y montó negocios con el ferrocarril y la banca.

El 25 de septiembre de 1897 nace, en New Albany, William Cuthber Faulkner. En 1902 y dentro del mismo estado de Mississipí la familia se traslada a Oxford donde el escritor vivirá la mayor parte de su vida. Allí comienza a ir a la escuela con ocho años de edad y pronto se da cuenta que el estudio no es lo suyo. Las piras o novillos -quizá influenciado por otro ribereño del Mississipí, Tom Sawyer- son una constante en su educación, acude al último curso sólo para jugar al fútbol americano, le rompen la nariz y no le dan lógicamente el diploma de Enseñanza Media. Sin embargo una vez que le preguntaron de pequeño que es lo que quería ser de mayor contestó que “escritor”. Con once años presenció una escena que alimentaría su universo literario pero que a la vez reflejaba la dura realidad del viejo sur. A Nelse Patton, un negro, le lincharon en la plaza de Oxford por asaltar a la mujer de un carcelero. A Patton la muchedumbre lo capturó, más tarde lo castraron, lo arrastraron en un coche con una soga atada al cuello hasta la plaza y allí colgaron su cuerpo desnudo en un árbol.

Aviador frustrado
Los Estados Unidos entraron en la Primera Guerra Mundial en 1917, el joven Faulkner intentó alistarse como piloto -la aviación fue otra constante en su vida- pero le rechazaron porque sus 1,65 centímetros no daban la talla. Antes con 17 años había escrito sus primeros versos y había conocido a Estelle Oldham que después de divorciarse de un abogado de Hawai sería su esposa allá por 1929. Tras no admitirle el ejercito norteamericano en sus filas cruzó la frontera canadiense y se presentó en Toronto ante la RAF británica como voluntario. Nunca entró en combate, lo cual no fue obstáculo para que a su regreso a Oxford luciera una cojera sugerida en el conflicto, pero producida de verdad esquiando en Francia. Durante los primeros años veinte trabaja en Nueva York como instructor de Boy Scouts y de vendedor en una librería. En 1922 despacha en la Oficina de Correos de la Universidad de Mississipí, donde en vez de atender a los clientes se dedica a leer -incluso las revistas antes de que las abran sus dueños- y escribir. A causa de su afición a la bebida -el bourbon formará parte de su existencia tanto como la escritura- pierde su puesto de jefe de los exploradores y de la Oficina de Correos.

William Faulkner escribe su primera novela La paga de los soldados en 1925, la publica al año siguiente - obtiene 200 dolares- por recomendación de su amigo e influyente novelista Sherwood Anderson. La novela aborda, al igual que durante esos años Tres Soldados de Dos Passos y Adiós a las armas de Hemingway, los efectos que la guerra ha producido en los soldados, que en el periodo de paz se sienten desplazados y destruidos física y moralmente. Durante seis meses cumple el sueño de todo joven norteamericano y viaja por Europa, en concreto visita Italia, Suiza, Francia e Inglaterra.

El condado de Yoknapatawpha
De regreso a casa comienza una larga y extensa andadura como novelista. En 1929 publica su segunda novela Mosquitos -según los críticos la más floja- y Sartoris, la primera de las novelas de Faulkner que se desarrollan en el condado de Yoknapatawpha. Este condado ficticio será el escenario de la mayor parte de las tramas familiares entre los Sartoris, los Compson, los Snopes, los MacCaslin... que poblarán ese mundo fascinante de la obra de Faulkner.

El condado de Yoknapatawpha es un país imaginario como el Macondo de García Márquez, la Balbec de Proust o la Región de Benet -el escritor hispano de más veneración por Faulkner- que sin embargo es el calco de su tierra natal. La ciudad de Jefferson, capital del inventado condado es la traslación de la Oxford del verdadero condado de Lafayette en el estado de Mississipi, por cierto descubierto por el español Hernando de Soto en 1540. En los límites de Yoknapatawpha se desarrollan ante el lector una serie de escenas sorprendentes, variadas, de hechos y dramas, casi siempre motivadas por el recuerdo y las secuelas de la Guerra Civil. William Faulkner evoca en este lugar geográfico los mitos y las leyendas del viejo sur. El escritor describió tan profusamente el condado de Yoknapatawpha que hasta elaboró un mapa con delimitaciones geográficas, además lo censó con 9.313 negros y 6.298 blancos, proporción parecida a la del verdadero condado de Lafayette. La forma y el color de sus lugares, los cambios estacionales y el profundo conocimiento de sus personajes avalan la transferencia mimética entre lo vivido y lo fabulado.

A partir del éxito de Sartoris que vendió 160.000 ejemplares se editan de forma continuada El sonido y la furia, Mientras agonizo, Santuario y Luz de Agosto. En 1930 compra Rowan Oak que es una antigua plantación cercana a Oxford y que se convertirá en su casa el resto de su vida. Allí nacieron sus dos hijas Alabama -que sólo vivió unos días- y Jill. Al año siguiente Hollywood le reclama como guionista y trabaja para Howard Hawks. Entre otras películas Faulkner colaboró en Camino a la Gloria, Tener y no tener basada en una novela de Hemingway o El largo sueño del escritor de novela negra Raymond Chandler. También se filman sin que Faulkner intervenga versiones de sus novelas Santuario (La historia de Temple Drake) y El ruido y la furia. En plena labor de guionista comienza su affaire con Menta Carpenter, secretaria de Howard Hawks y durante unos veinte años amante del novelista. Más tarde tendría otra aventura romántica con una Joan Williams, una escritora a quién consideraba su protegida. De su paso por la meca del cine los originales hermanos Joel y Ethan Coen parecen que se inspiraron para realizar la película Barton Fink.

Durante esta época el escritor vuelve a dedicarse a la aviación, obtiene el título de piloto y se compra una avioneta monoplano. Poco después escribe Pylon, novela situada en Nueva Orleáns en los ambientes de los aviadores profesionales que van realizando exhibiciones circenses.

Un granjero en Suecia
En 1936 prosigue con sus narraciones sobre el sur con ¡Absalom, Absalom!, Los invictos, Palmeras salvajes, El villorrio y Desciende, Moisés. Durante la década de los cuarenta sus contemporáneos comienzan a considerarle un gran artista, le nombran miembro de la Academia de las Artes y las Letras Norteamericanas y en 1950 le otorgan el Premio Nobel de Literatura. El galardón correspondía a 1949 pero fueron tales las disquisiciones del jurado entre Hemingway (siempre su rival literario, separados en las letras y unidos por el alcohol), Steinbeck, Pasternak, Sholokhov, Mauriac, Camús y el propio Faulkner que el comité acabó concediendo el premio en 1950. Cuando se enteró de la elección comentó “que era un granjero que escribía y que no puedo ir a Estocolmo a recoger el premio porque está muy lejos”. Finalmente su esposa y su hija le convencieron y apareció en la capital sueca donde pronunció un discurso que en directo no se entendió -alejado del micrófono y con su peculiar acento sureño- pero que cuando se vio transcrito y se digirió causo conmoción por su profundidad intelectual y literaria.

Con este reconocimiento mundial es nombrado escritor invitado en la prestigiosa Universidad de Virginia y logra el premio Pulitzer en dos ocasiones: 1955 con Una fábula y en 1962 con Los rateros. Sin embargo su salud comenzaba a desmoronarse. El abundante consumo de alcohol y algunas caídas de los caballos que le produjeron diversas roturas fueron las causas de su deterioro físico. Precisamente las secuelas de una de estas caídas le causo la muerte el 6 de julio de 1962 en su casa de Rowan Oak. Fue enterrado al día siguiente en el cementerio de Saint Peter en Oxford, Mississipi.


El profundo Sur, protagonista de su obra

William Faulkner publicó diecinueve novelas, unos noventa relatos y cuentos, y doce ensayos. Casi todos los argumentos de esta extensa obra se desarrollan en el ficticio condado de Yoknapatawpha (catorce novelas e innumerables relatos). Las novelas de Faulkner casi no se pueden leer parcialmente, es en su conjunto como adquieren su pleno sentido y significación. Raramente en este mundo literario una novela e incluso una trilogía agota la información con respecto a sus personajes, y menos todavía a una de sus familias. Sus argumentos no se desarrollan bajo el prisma de clases sociales y la lucha entre ellas (como muchas de las novelas desde el siglo XVIII), sino como tensiones entre clanes familiares en el decadente y profundo sur tradicional.

Las historías cortas o cuentos eran para Faulkner algo próximo a los poemas por la precisión con la que se debía colocar cada palabra. Admiraba en este sentido a Chejov y comparaba al cuento con una salón pequeño donde lo desaliñado y la suciedad se nota más, por eso el lenguaje debía ser exacto, ordenado y nada ostentoso.

Faulkner que decía leer todos los años El Quijote era muy disciplinado a la hora de escribir. Podía ir a dormir totalmente borracho y estar trabajando al día siguiente desde las ocho de la mañana hasta el mediodía. Tras la comida escribía con una letra pequeña e ilegible hasta las cuatro, y después de cenar podía estar trasegando bourbon unas cuantas horas.

La paga de los soldados (1926)
Es la primera novela de Faulkner y trata sobre la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias. El eje central de la novela es el Teniente Donald Mahon, un piloto de combate derribado en Europa y que es creído muerto, pero que misteriosamente no es así aunque tenga como recuerdo una espantosa cicatriz en su cabeza. Sin embargo no puede recordar nada de su vida anterior en su ciudad natal, Charlestown, Georgia.

Los mosquitos (1927)
La novela de menor éxito de Faulkner, es una sátira sobre estéticas literarias y artísticas en Nueva Orleans. Mucha de la novela tiene lugar sobre un yate en el Lago Ponchartrain.

Sartoris (1929)
Primera novela de Faulkner que se desarrolla en el mítico condado de Yoknapatawpha y donde se presenta al lector la familia Saroris y a su patriarca el Coronel, personaje inspirado en su bisabuelo héroe de la Guerra Civil americana. Llegó a vender 160.000 ejemplares en 35 ediciones.

El ruido y la furia (1929)
Cuarta novela y primera obra maestra, muchos críticos consideran su obra más fina. Retrata la decadencia de la familia Compson. La novela se divide en cuatro partes, cada una de ellas contada por un narrador diferente.

Mientras agonizo (1930)
Importante novela por su técnica del “monólogo interior”. La familia Bundren emprende un viaje a Jefferson para enterrar entre su gente a su madre muerta.

Santuario (1931)
La novela explora la aflicción, la comunidad y la familia. Es para mucho la mejor novela de Faulkner. Narra la historia de Temple Drake, Gowan Stevens y de Popeye, un siniestro contrabandista .

Luz de Agosto (1932)
Una de las mejores novelas de Faulkner, cuenta la historia de un huérfano con una parte de raza negra en su cuerpo. La religión calvinista está perfectamente representada en esta obra.

Pylon (1935)
Una de las pocas novelas que no se desarrollan en el condado de Yoknapatawpha. Pylon se sitúa en Nueva Orleans en los ambientes de los aviadores profesionales que realizan exhibiciones de feria en feria.

¡Absalom, Absalom! (1936)
Para Faulkner su gran obra maestra, Absalom, Absalom! cuenta la historia a principios del siglo XIX en Virginia Occidental de Thomas Sutpen, hijo de un blanco pobre. La novela tiene una prosa densa donde se narra los conflictos sociales y raciales del viejo sur.

Los Invictos (1938)
Novela fácil de leer. Describe las aventuras de Bayard Sartoris, su amigo negro Ringo y su abuela Rosa Millard durante la Guerra Civil. Es entrañable, tierna y sensible.

Las palmeras salvajes (1939)
Es la historia de amor entre Saquea Wilbourne y Charlotte Rittenmeyer durante la gran inundación fluvial del Mississippi en 1927.

El villorrio (1940)
Es la primera narración de la trilogía de los Snopes que se va más allá de la Segunda Guerra Mundial con En la ciudad (1957) y La mansión (1959).

Desciende, Moisés (1942)
Otra de las obras maestras de Faulkner, es una novela episódica que consta de historias cortas con varias secuencias de humor. Se narra la historia de otra familia aristocrática sureña, los McCaslin, y en especial de su patriarca Lucius Quintus Carothers McCaslin y sus muchos descendientes negros y blancos. Desciende, Moisés es una exploración sobre las razas y su mestizaje.

Intruso en el polvo (1948)
Casi una novela policiaca en donde se intenta librar de un linchamiento al negro Lucas Beauchamp, acusado de asesinar un hombre blanco, y buscar al verdadero culpable.

Requiem para una monja (1951)
Es una continuación de Santuario, se nos presenta a Temple Drake ocho años después de sus aventuras con Popeye. Se sigue contando la historia del estado de Mississippi, del condado de Yoknapatawpha, y de que manera el pasado afecta al presente.

Una fábula (1954)
Gana el Premio Pulitzer en 1955 con esta obra. Es una historia alegórica del mundo y la guerra que tiene lugar en las trincheras de Francia en la Primera Guerra Mundial. Faulkner tardó más de diez años en escribir esta novela compleja.

En la ciudad (1957)
Es el volumen segundo de la trilogía antes aludida sobre los Snopes. Continúan las proezas de Flem Snopes que quiere ser alcalde del pueblo, asegurarse una posición económica, y vengar la infidelidad de su esposa.

La mansión (1959)
Novela final de la trilogía, retrata el final trágico de Flem Snopes.

Los Rateros (1962)
Faulkner recibió un segundo Pulitzer con esta que fue su última obra. Es una novela cómica que cuenta las aventuras de tres pícaros ladrones de automóviles por el Mississipi rual.






 
 
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